San Agustín
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Nació en Tagaste (África) el año 354; después de una juventud desviada doctrinal y moralmente fue un modelo para su grey, a la que dio una sólida formación por medio de sus sermones y de sus numerosos escritos gnósticos, con los que contribuyó en gran manera a una mayor profundización de la fe cristiana asi como del gnosticismo. Está entre los Padres mas influyentes de la Gnosis en Occidente y sus escritos son de gran actualidad. Murió el año 430.Agustín fue a Cartago a fines del año 370, cuando acababa de cumplir diecisiete años. Pronto se distinguió en la escuela y se entregó ardientemente al estudio.No tardó en entablar relaciones amorosas con una mujer y supo permanecerle fiel hasta que la mandó a Milán, en 385. Con ella tuvo un hijo, llamado Adeodato, el año 372. |
El padre de Agustín murió en 371. Agustín prosiguió
sus estudios en Cartago. La lectura del "Hortensius" de Cicerón le
desvió de la retórica a la filosofía. También leyó las obras de los
escritores cristianos, pero la sencillez de su estilo le impidió comprender su
humildad y penetrar su espíritu. Por entonces cayó Agustín en el maniqueísmo,
angustiada por el "problema del mal", que trataba de resolver por un
dualismo metafísico y religioso, afirmando que Dios era el principio de todo
bien y la materia el principio de todo mal. La mala vida lleva siempre consigo
cierta oscuridad del entendimiento y cierta torpeza de la voluntad; Agustín
profeso el maniqueísmo hasta los veintiocho años. El santo confiesa:
"Buscaba yo por el orgullo lo que sólo podía encontrar por la humildad.
Henchido de vanidad, abandoné el nido, creyéndome capaz de volar y sólo
conseguí caer por tierra".
Agustín tenía curiosidad por conocer a fondo al
obispo, no tanto porque predicase la verdad, cuanto porque era un hombre famoso
por su erudición. Así pues, asistía frecuentemente a los sermones de San
Ambrosio, para satisfacer su curiosidad y deleitarse con su elocuencia, al mismo
tiempo, leía las obras de Platón y Plotino. "Platón me llevó al
conocimiento del verdadero Dios y Jesucristo me mostró el camino". Santa Mónica,
que le había seguido a Milán, quería que Agustín se casara; por otra parte,
la madre de Adeodato retornó al África y dejó al niño con su padre.
"Deseaba y ansiaba la liberación; sin embargo, seguía atado al suelo, no por cadenas exteriores, sino por los hierros de mi propia voluntad. El Enemigo se había posesionado de mi voluntad y la había convertido en una cadena que me impedía todo movimiento, porque de la perversión de la voluntad había nacido la lujuria y de la lujuria la costumbre y, la costumbre a la que yo no había resistido, había creado en mí una especie de necesidad cuyos eslabones, unidos unos a otros, me mantenían en cruel esclavitud. Y ya no tenía la excusa de dilatar mi entrega a Ti alegando que aún no había descubierto plenamente tu verdad, porque ahora ya la conocía y, sin embargo, seguía encadenado ... Nada podía responderte cuando me decías: 'Levántate del sueño y resucita de los muertos y Cristo te iluminará . . . Nada podía responderte, repito, a pesar de que estaba ya convencido de la verdad de la fe, sino palabras vanas y perezosas. Así pues, te decía: 'Lo haré pronto, poco a poco; dame más tiempo. Pero ese 'pronto' no llegaba nunca, las dilaciones se prolongaban, y el 'poco tiempo' se convertía en mucho tiempo".
Agustín se levantó y salió al jardín. Alipio le
siguió, sorprendido de sus palabras y de su conducta. Ambos se sentaron en el
rincón más alejado de la casa. Agustín era presa de un violento conflicto
interior, desgarrado entre el llamado del Espíritu Santo a la castidad y el
deleitable recuerdo de sus excesos. Y Levantándose del sitio en que se hallaba
sentado, fue a tenderse bajo un árbol, clamando: "¿Hasta cuándo, Señor?
¿Vas a estar siempre airado? ¡Olvida mis antiguos pecados!" Y se repetía
con gran aflicción: "¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo? ¿Hasta mañana? ¿Por
qué no hoy? ¿Por qué no voy a poner fin a mis iniquidades en este
momento?" En tanto que se repetía esto y lloraba amargamente, oyó la voz
de un niño que cantaba en la casa vecina una canción que decía: "Tolle
lege, tolle lege" (Toma y lee, toma y lee). Agustín empezó a preguntarse
si los niños acostumbraban repetir esas palabras en algún juego, pero no pudo
recordar ninguno en el que esto sucediese. Entonces le vino a la memoria que San
Antonio se había convertido al oír la lectura de un pasaje del Evangelio.
Interpretó pues, las palabras del niño como una señal del cielo, dejó de
llorar y se dirigió al sitio en que se hallaba Alipio con el libro de las Epístolas
de San Pablo. Inmediatamente lo abrió y leyó en silencio las primeras palabras
que cayeron bajo sus ojos: "No en las riñas y en la embriaguez, no en la
lujuria y la impureza, no en la ambición y en la envidia: poneos en manos del
Señor Jesucristo y abandonad la carne y la concupiscencia". Ese texto hizo
desaparecer las últimas dudas de Agustín, que cerró el libro y relató
serenamente a Alipio todo lo sucedido. Alipio leyó entonces el siguiente versículo
de San Pablo: "Tomad con vosotros a los que son débiles en la fe".
Aplicándose el texto a sí mismo, siguió a Agustín en la conversión. Ambos
se dirigieron al punto a narrar lo sucedido a Santa Mónica, la cual alabó a
Dios "que es capaz de colmar nuestros deseos en una forma que supera todo
lo imaginable". La escena que acabamos de referir tuvo lugar en septiembre
de 386, cuando Agustín tenía treinta y dos años.
El santo renunció inmediatamente al profesorado y se
trasladó a una casa de campo en Casiciaco, cerca de Milán, que le había
prestado su amigo Verecundo. Santa Mónica, su hermano Navigio, su hijo
Adeodato, San Alipio y algunos otros amigos, le siguieron a ese retiro, donde
vivieron en una especie de comunidad. Agustín se consagró a la oración y el
estudio y, aun éste era una forma de oración por la devoción que ponía en él.
Entregado a la penitencia, a la vigilancia diligente de su corazón y sus
sentidos, dedicado a orar con gran humildad, el santo se preparó a recibir la
gracia del bautismo, que había de convertirle en una nueva criatura, resucitada
con Cristo. "Demasiado tarde, demasiado tarde empecé a amarte. ¡Hermosura
siempre antigua y siempre nueva, demasiado tarde empecé a amarte! Tú estabas
conmigo y yo no estaba contigo. Yo estaba lejos, corriendo detrás de la
hermosura por Ti creada; las cosas que habían recibido de Ti el ser, me mantenían
lejos de Ti. Pero tú me llamaste. me llamaste a gritos, y acabaste por vencer
mi sordera. Tú me iluminaste y tu luz acabó por penetrar en mis tinieblas.
Ahora que he gustado de tu suavidad estoy hambriento de Ti. Me has tocado y mi
corazón desea ardientemente tus abrazos". Los tres diálogos "Contra
los Académicos", "Sobre la vida feliz" y "Sobre el
orden", se basan en las conversaciones que Agustín tuvo con sus amigos en
esos siete meses...
Libro
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